Aquella noche de verano con Elvis

Elvis

Tengo quince años y es verano y la noche está estrellada y los pajaritos no pían porque duermen rechonchos y esponjosos en las ramas de los árboles y todavía no existen los ordenadores ni los móviles y Amaranta me ha dejado con la excusa de “te mereces algo mejor”, la muy…, y estoy en la cama escuchando “In the ghetto”, de Elvis, la que era nuestra canción, para macerar mi dolor y a ver si de puro sentimiento se me viene un poema que pueda yo enviarle por carta y golpear en su conciencia, quizá con una velada amenaza de suicidio, unas gotas de sangre como rúbrica, y es entonces cuando me giro en la cama en posición fetal, tal vez para protegerme simbólicamente de la realidad de mierda, en esa cama mueble que es como un libro que se abre por la noches para mí, su personaje, y me voy ahora tan adentro del libro, tan hacía su lomo que el libro se cierra conmigo en su interior, no del todo, claro, porque aunque delgado aún no soy el espíritu que quisiera ofrecer a Amaranta para castigarla con una culpa eterna, tengo un cuerpo, escuchimizado, pero cuerpo al fin, e intento deshacer el giro y volver a abrir mi libro cama, pero no es fácil y mientras tanto sigue sonando “In the ghetto” y dice ahora “el niño necesita que le ayuden o el crecerá algún día para convertirse en un adolescente enojado”, o me parece que dice, pues me ha quedado el inglés para septiembre, y pienso qué cabrón el Elvis, si tiene dotes premonitorias, y sigo con mi intento de girarme, ay, si me viera así Amaranta, tan estrujado como un marcapáginas, y hago presión con todo mi cuerpo, el pie derecho empujando la parte de la cama que apoya en la pared, hasta que lo consigo pasado un rato tan largo como mi pena, agotado, sudando, con dolores en los abdominales y en el gemelo derecho, y de golpe empiezo a llorar y el cabrón de Elvis, otra vez en plan premonitorio, se pone a cantar “Crying in the chapel”, que esta si me la sé aunque no vaya a entrar en el examen de septiembre, llorando en la capilla quiere decir y entonces, como un reflejo que llegara desde algún recóndito lugar de mí mismo, me veo desde arriba, desde lejos, igual que si yo fuera un águila que planeara sobre su víctima: YO, una víctima que ha estado a punto de ser engullida por su cama, adolorida de abdominales y de amores, con una punzada en el gemelo derecho y sudando la gota gorda y Amaranta en fuga, y de pronto ese Crying in the chapel, cabronazo el Elvis, y el llanto que se va transformando en risa, una risa que empieza lenta, como un motor que comenzara a arrancar, y termina en estallidos, en carcajadas, y me llega amortiguada la voz de mi madre desde el otro lado del tabique, que si estoy bien, que si me pasa algo, y yo que no, que estoy estupendamente, y contengo la risa que empuja por salir y los abdominales me duelen más y más y me parece que un perro me muerde con saña en el gemelo y pienso que después de todo la noche ha sido cojonuda, fructífera como diría mi padre, porque esta noche estoy aprendiendo a reírme de mí.

In the ghetto 

Crying in the chapel