Homenaje a mi suegro

Ronaldo brasileño

A Enrique, en otros tiempos futbolista, le amputaron una pierna, y era esa pierna amputada la que más sentía. Es lo que se llama el miembro fantasma. Se imaginaba golpeando al balón en un estadio a rebosar, driblando a los contrarios, y no le suponía ningún esfuerzo porque a la desgracia de la pierna amputada se le sumaba la de la ceguera. “En total oscuridad, no me queda otra que ponerme a imaginar”, decía él con mucha resignación. 

Desde que perdió la vista, un poco antes de perder la pierna, tenía alucinaciones, aunque él era consciente de que eran solo eso, alucinaciones; que las imágenes se formaban en su mente, que no procedían de la realidad. Al principio veía coches en medio del salón y ruinas del tiempo de la guerra civil, cuando él era un chaval. Pero un día apareció un enano apoyado en el aparador. No era nadie que él conociera, era un enano que “noseporquecoñoestaahí”. Cuando Enrique alargaba su brazo con la intención de tocarlo, el enano se desvanecía como humo. Se pasaba las horas pensando de dónde le vendría la imagen del dichoso enano, pero por más que hurgaba en su memoria no alcanzaba a vislumbrar a nadie que se le pareciera. Un día nos dijo que quizá era el enano del circo al que iba de niño, pero que no podría asegurarlo porque todos los enanos se parecen, igual que se parecen los chinos entre sí. Según nos contaba, había días en que el enano no paraba de trajinar por toda la casa: se subía en las mesas y sillas, se colgaba de las lámparas, abría y cerraba puertas… En fin, que más que un enano, parecía un niño con síndrome de hiperactividad.

Un día tuvo Enrique una fiebre muy alta y le dio por pensar que su pierna amputada se la habían trasplantado a Ronaldo, el famoso delantero centro brasileño que entonces jugaba en el Real Madrid, y que gracias a su pierna el delantero metía los fabulosos goles que metía. Muy enfadado, exigía Enrique un porcentaje del sueldo del famoso jugador. “O eso o que me devuelvan la pierna”. Ante tamaño delirio, ninguno decíamos nada. ¿Para qué? ¿Con qué argumentos le íbamos a convencer de su error? Así que le dijimos que sí, que tenía razón, pero que mucho mejor era que la pierna estuviera en el cuerpo de Ronaldo que no en el cementerio de piernas amputadas. Enrique sonreía satisfecho, pero luego volvía a la carga: “¿Y qué hay del dinero?”. “No te preocupes”, le dijimos, “escribimos una carta a la Federación y que la lleve el enano en persona”.

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