La paciencia de los pescadores

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Admiro la paciencia de los pescadores. Me pregunto si, mientras esperan sentados en sus sillas plegables o de pie en la orilla, andan pensando en sus cosas o es su cerebro una prolongación del río, licuado y con un fondo de piedras y algas. De pronto se hunde el corcho. Es el premio a la paciencia. Exhiben sus piezas, se fotografían con ellas. Pero conozco a un pescador cuyo mayor empeño es no pescar, pasarse las horas muertas sin beneficio. Hoy también él se ha dejado fotografiar, su mano derecha en alto parece sujetar la cola de un pez invisible. Pero ¿cuánto miden los peces que no se pescan? ¿Qué jerarquía utilizar? El pescador me saca de dudas: “Tres horas, y nada”, me dice orgulloso, sonriendo.

Contando delfines

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Todo hombre lleva un animal dentro. También algunos animales llevan un hombre malogrado en su interior. Esto es especialmente notorio en dos animales: la oveja y el delfín. La oveja oculta un hombre triste con jersey gris de lana, pasivo e indolente. Lo descubrí de niño cuando oía balar a las ovejas, con ese lamento casi humano que reniega de su cárcel. El delfín, al contrario, esconde un cachondo mental, risueño y saltimbanqui. No parece muy descontento a juzgar por los brincos que pega en el agua, como poniéndole acentos al océano.

Antes, para dormir, contaba ovejas y mis sueños eran planos, sin fisuras ni imágenes. Mi despertar era lento y pegajoso. Ahora cuento delfines. Los hago salir del agua y entrar en ella, y ese aparecer y desaparecer provoca una gran agitación en mis sueños, que se pueblan de historias. Cuando despierto tengo que escribirlas, para que no me persigan todo el día.