Bienvenido Mr. Marshall

El año en que el ministro de Información y Turismo, don Manuel Fraga Iribarne, metió su culo de cachalote en las aguas del mar de mi pueblo, Palomares, yo era ya un niño obsesionado con las películas del Oeste, afición que se me había despertado asistiendo con mi padre al desierto de Tabernas, a unos sesenta kilómetros de Palomares, lugar de moda tras convertirse en un enorme estudio cinematográfico donde se rodaban cantidad de westerns. Entonces, mi gran sueño era convertirme en especialista de cine y realizar todas las acrobacias que ellos realizaban con pasmosa agilidad: encaramarme a lo alto de una veloz diligencia desde un caballo al galope; caer por la pendiente de una montaña con la facilidad de un canto rodado, arrojarme desde el primer piso de la cantina para destrozar la mesa donde los fulleros tahúres desplumaban a los incautos…

Pero como solo tenía diez años, de momento me conformaba con poder participar de extra en alguna de aquellas películas. Así que empecé a darle la tabarra a mi padre, que finalmente accedió, y, por medio de un amigo suyo relacionado con el mundillo del cine, conseguí un mínimo papel. Sería yo el hijo de un granjero al que un apache mataba de un flechazo en la espalda cuando junto a su familia intentaba huir de una emboscada. La película se rodaría ese mismo verano de 1966. Aunque breve, pensaba que aquella actuación sería el comienzo de mi exitosa carrera de especialista. Y tal era mi entusiasmo que comencé a entrenarme en mi papel dejándome caer por todos los rincones de la casa, con gran sobresalto de mi madre, que, al ver la vehemencia que ponía en mis simulacros, me advirtió de que más que muerte por flechazo parecía yo estar aquejado del baile de san Vito. Y así, ensayando el arte de morir de un niño en fuga, esperaba con impaciencia la llegada del verano.

Pero entonces pasó lo que pasó. Y lo que pasó fue que dos aviones norteamericanos, un bombardero con cuatro bombas termonucleares y el avión cisterna que cumplía con la rutina diaria de repostarlo, chocaron en el cielo de Palomares y en unos segundos el sofisticado mundo tecnológico de arriba cayó hecho añicos por las inmediaciones del rudimentario mundo de abajo, que carecía de alumbrado público y de agua corriente, y donde el burro y la bicicleta eran los habituales medios de transporte.

En los días siguientes mi pueblo fue invadido por los americanos, que montaron un campamento para mil doscientos soldados frente al mar, superando así a los apenas mil habitantes que vivíamos en Palomares. Desde lejos, en sus tiendas de campaña, parecían un ejército medieval que se preparaba para atacarnos, pero era el ejército más moderno y poderoso del mundo, que venía a llevarse la radiactividad, y nos preguntábamos qué leches era eso de la radioactividad, que cosa muy importante debía de ser para que la costa se llenara de acorazados que desplazaron a los pequeños barcos de los pescadores, a los que se les prohibió faenar, pues la tal radiactividad era además peligrosa por su poder contaminante del aire, de las aguas y las tierras, así que también se confiscaron las cosechas y pasamos a depender de la caridad de los americanos, que, después de jodernos con la radiactividad que liberaban sus bombas, se mostraban como benefactores de paso, como aquellos americanos de la película “Bienvenido Mr. Marshall”.

Aunque de todo esto, y de que una de las cuatro bombas se resistía a ser encontrada, nos fuimos enterando poco a poco, más por las noticias que se filtraban a la prensa que por la información que daban las autoridades americanas y españolas, empeñadas en ocultar el suceso; las americanas, para no perjudicar su imagen de país todopoderoso en medio de la Guerra Fría; las españolas, para no frenar el auge del turismo, principal fuente de divisas de un país en desarrollo. Y fue entonces cuando el ministro Fraga Iribarne se presentó en Palomares para darse un baño en nuestro mar y tranquilizar tanto a la población como a los potenciales turistas. “Aquí no hay radiactividad “, quería demostrar dentro del agua con su enorme e inflado bañador. Y con esa estampa de un Fraga que más parecía un párroco bien alimentado que un ministro de Información y Turismo, más las pancartas que se desplegaron para festejar la “buena” gestión de los gobiernos y el ¡Viva España!, fue como estar dentro de una película de Berlanga.

Y si regresamos al niño que yo era entonces, a su mirada de diez años, todos aquellos sucesos componían, efectivamente, una espectacular película que nos sacaba de la rutina y superaba con creces los rodajes en Tabernas. Sin salir del pueblo, habíamos pasado del género del western al de las hazañas bélicas, y ese mundo que solo conocíamos a través de las pantallas del cine y de la televisión estaba ahora a nuestro alcance: podíamos tocarlo; hablar, aunque generalmente por señas, con sus uniformados habitantes, algunos de ellos con extraños trajes que parecían de astronauta; y podíamos caminar por entre las tiendas de campaña y recibir gratis coca colas y chicles, y, desde la distancia que se nos permitía, contemplar el pequeño submarino como de juguete con el que se encontraría la bomba perdida en las profundidades del mar, siguiendo los cálculos, para vergüenza de los americanos, de un pescador que la había visto caer. “Paco el de la bomba”, con ese nombre se quedó.

Por eso, cuando llegó el ansiado verano y los americanos se habían ido y mi pueblo ya no era noticia, no quise ser hijo de un granjero al que mataban los apaches, sino un soldado americano con su uniforme futurista, y jugué con los otros niños a pilotar barcos y aviones, a buscar radiaciones y rescatar bombas del mar. Y cuando alguien nos dijo que la costa de Almería habría desaparecido del mapa si las bombas de verdad hubieran explotado, intuí emocionado que difícilmente iba vivir otro verano como aquel.