Manos

Estaban los pobres, que no solo pedían limosna en las puertas de las iglesias, también lo hacían por las casas. Pero solo uno de ellos persiste en mi memoria. Le llamábamos Pelotari, porque circulaba el rumor de que en sus años mozos había sido jugador de pelota vasca. Aunque yo siempre creí que era por sus manos enormes. Pensaba que a los pobres les crecían las manos de tanto pedir, y Pelotari era el que más y mejor pedía. A los pobres, las madres —que eran quienes abrían las puertas de las casas— les daban pan duro para que hicieran sopas con agua —¡extraña caridad cristiana!—, ese mismo pan que ellas besaban si se caía al suelo, porque el pan era bendito, ya fuese del mismo día o del mes pasado. Igual que las mariquitas, que eran animalitos del Señor, mientras que las cucarachas o los piojos eran unos asquerosos bichos del Diablo (algún día habrá que escribir sobre esta discriminación que ejercemos sobre el mundo animal).

Y siempre que recuerdo a Pelotari, ensartado en el mismo hilo de la memoria viene don Miguel, el cura, y no solo por la vocación pedigüeña de ambos, o porque coincidieran en la puerta de la iglesia. Los curas y las monjas formaban entonces parte del paisaje cotidiano, como las cabinas de teléfono, o los piperos y las piperas (los más jóvenes no los confundáis con las peperas y los peperos actuales). Y cuando aparecía don Miguel por el horizonte, interrumpíamos nuestros juegos para, corriendo, ir a jugar a ese otro juego de besarle la mano. Él ofrecía su proverbial mano fofa y nosotros depositábamos nuestras babas, aunque nos rogara una y otra vez “el beso al aire, al aire”. Pero eso fue durante un tiempo, hasta que después de atemorizarnos con el fuego del infierno, empezó a someternos, ya en la confesión, a un interrogatorio tan escabroso que nos dejaba con la sensación de que teníamos muchos más pecados de los que realmente confesábamos; hasta que sus manos, blancas y lechosas, quisieron ser tan largas como las de Pelotari.

«Decir» y «Mostrar»

En los manuales y talleres de narrativa nos dicen que en nuestros relatos debemos “mostrar” la historia que queremos contar, y no “decirla”. Así, por ejemplo, si escribimos “Fulanito es generoso”, al ponerle al personaje ese adjetivo-etiqueta, estamos “diciendo” un rasgo del personaje, y le damos al lector el trabajo hecho. Es mejor que sea el lector quien decida si Fulanito es o no generoso. Y eso se consigue “mostrando” al personaje a través de sus acciones y reacciones (su mundo externo) y pensamientos y sentimientos (mundo interno). Si escribimos “la casa es impresionante”, es tanto como no decir nada, mejor que describamos la casa y, de nuevo, ya decidirá el lector si le parece impresionante y en qué sentido. Por supuesto, esto no se debe llevar a rajatabla. Quizá nos interese decir que el personaje es un “cabrón con pintas”, y queremos dejarlo claro y no andarnos con demostraciones, pues lo «decimos». Por otra parte, no podemos estar todo el rato mostrando, sobre todo en una novela, sería muy tedioso. Una de las tareas del escritor es elegir qué “mostrar” y qué “decir”, sin olvidar que lo esencial en la ficción es el MOSTRAR, sobre todo aquello que es importante en la historia, pues es así como se consigue que el lector se involucre en el relato, no solo intelectualmente, sino emocionalmente, con los cinco sentidos. E incluso a la hora de “mostrar” debemos elegir qué aspectos vamos a destacar. No es necesario que describamos la “casa impresionante” con todo lujo de detalles y que el resultado se parezca a una ficha de una inmobiliaria, sino que bastará con unas pinceladas bien elegidas, eficaces a la hora de construir la imagen que deseamos que se reproduzca en la mente del lector.

Lee este fragmento, por favor:

A la madre, nada de lo que hacía la hija le parecía bien. Se diría que la odiaba; que hasta deseaba su muerte.

Ahora lee este microrrelato de la escritora Lydia Davis, titulado: ”La madre”.

La chica escribió un cuento. ”Sería mucho mejor si escribieras una novela”, dijo su madre. La chica construyó una casa de muñecas. “Sería mucho mejor si fuera una casa de verdad”, dijo la madre. La chica hizo un cojín para su padre. “¿No hubiera sido más útil un edredón?”, dijo la madre. La chica excavó un pequeño hoyo en el jardín. “Sería mucho mejor si excavaras uno grande”, dijo la madre. La chica excavó un gran hoyo y, dentro, se echó a dormir. “Sería mucho mejor si te durmieras para siempre”, dijo la madre.

En el primer texto se DICE cómo son los sentimientos de una madre hacia su hija, pero la información nos llega de una forma fría, distante, porque por muy tremendos que sean los conceptos de ODIO y MUERTE que en el texto aparecen, no dejan de ser abstracciones. En el segundo texto, se MUESTRA esa relación a través de las respuestas concretas de la madre a cada acción concreta de la hija. Y ese martilleo de reproche continuo de la madre se remata con “Sería mucho mejor si te durmieras para siempre”. En ningún momento se nos habla explícitamente del odio o de la muerte, pero, al MOSTRARNOS la relación, se logra una mayor implicación emocional del lector. ¿No te parece?