Días de confinamiento V: los libros

HAI EXCOMUNION

Mi verdadero refugio en estos días en clausura son los libros. Los libros siempre me salvaron y me salvan de muchas cosas: ahora, de este tedio que el confinamiento nos impone; del ruido obsceno de los charlatanes con sus comentarios demagogos y simplistas; de los periodistas hipócritas que llaman a la concordia a la vez que encienden la mecha de la provocación, o que rescatan agravios pasados para azuzar a los contendientes. Y, por supuesto y principalmente, los libros me protegen de mí mismo, que también puedo ser hipócrita, y demagogo, y charlatán.

Un día, uno de esos cuñaos que van a todas partes con la máquina de calcular y un manual de eficacia me dijo que todos estos libros que tapizan varias paredes de mi casa suponen un derroche de espacio, que un libro digital de altas capacidades (un superdotado, vamos) podría contenerlos a todos, y así, además de ahorrarme mucho espacio, podría transportarlos a donde quisiera, llevarlos conmigo al mar, a la playa, a la montaña…

Al oír sus argumentos, imaginé que todos mis libros daban un brinco y escapaban de las estanterías, como si el mago Merlín, con un golpe de su varita mágica, los convocara hacia el centro de la habitación para luego, en un feroz remolino, hacerlos desaparecer por el agujero negro que es el libro digital: PLAAAFFF y nada en las estanterías, todo escondido en un pozo oscuro de alta densidad de contenido. Y como yo me encogiera de hombros, el cuñao, que es listo y sabe dónde pincharme, recurrió después a su archivo de frases hechas: que lo importante es el fondo y no el formato; que la verdadera belleza es la interior; que la cultura se vive, no se exhibe.

No le quito la razón, y reconozco las virtudes del libro digital, pero los que nos hemos educado emocional e intelectualmente con los libros, no podemos prescindir de ellos. Me gusta tenerlos a la vista, rodearme de su presencia para que formen parte de mi vida, trabajar en su compañía. No quiero tenerlos escondidos, indiferenciados, en ese zulo comunitario que es el libro digital. Me gusta verlos en las estanterías, en su individualidad. Mirar sus lomos es como mirarles el rostro y reconocerlos. Viejos amigos siempre dispuestos a hablar conmigo. Desde allí me recuerdan mi historia de lecturas, mi evolución como persona. Y al abrirlos, me gusta encontrarme con las notas y subrayados sobre aquello que algún día llamó mi atención en las conversaciones que mantuve y mantengo con ellos, con la letra del que entonces fui en los márgenes. Me gusta encontrarme las dedicatorias en los libros regalados, y los dibujos infantiles de mis hijos, muñecos cabezones de ojos grandes y sin cuerpo, los dibujos, no mis hijos, que hicieron de marcapáginas y allí se quedaron, o los billetes de bus y metro de tiempos remotos. Y hasta las manchas de café me gustan, o de chorizo, sí, de chorizo, que no todo va a ser pétalos de rosas. O esas otras manchas que va dejando el paso del tiempo en los libros ancianos, algunos con artrosis, descuajeringados, que necesitarían sesiones de rehabilitación, y que a poco que los toques se desvanecen entre tus dedos como alas de mariposas muertas.

No, no me gusta la falta de entrañas y de historia de los libros digitales, ni que un mismo cuerpo sirva para múltiples personalidades, y parezca que siempre lees el mismo libro. Descargarme un libro me produce muy poca emoción, pero cuando compro un libro, se me hace la boca agua, literalmente. Me gusta sopesarlo, acariciarlo, olerlo, hacerle cosquillas en el índice con mi índice, deslizar el pulgar por el grueso de las hojas para recibir su primer aliento. Porque siento que el libro es un ser vivo que durante unos días me seguirá como un perrito cariñoso por todos los rincones de la casa. Por eso, cuando a veces me pongo tremendo y nostálgico, me da por pensar en qué será de mis libros cuando yo no esté: “La vida de mis libros sin mí” (gracias, Coixet). Porque quisiera dejarlos con la vida resuelta, buscarles unos buenos lectores que sepan cuidarlos con el afecto que se merecen.

Bueno, amigo lector, o lectora, espero que este discurso sirva para que entiendas el cabreo que tengo porque han desaparecido dos de los libros que quería releer en estos días. Uno es “Bomarzo”, de Mújica Laínez. El otro, “El jinete polaco”, de Antonio Muñoz Molina. Mi familia y amigos son gente de bien, no van por las casas robando libros. Y aunque este verano unos cacos me desvalijaron la casa cuando me encontraba de vacaciones —lo intentaron, mejor dicho, pues había poco que desvalijar—, no creo que estuvieran muy interesados en llevarse unos libros. De “Bomarzo” tengo otra edición muy posterior a la que yo leí (Seix Barral 1981), pero no es lo mismo, ahora ya lo sabes: NO-ES-LO-MISMO.

Supongo que estos libros desaparecidos se los dejé a alguien, no recuerdo a quién, y no me los ha devuelto. Y es que los libros no tienen esa querencia que tienen los perros hacia sus amos. Los libros tienden a quedarse en las casas que los acogen, les basta con la caricia de la mirada. Pero los perdono. Los quiero igualmente.

Aun así, dando por hecho que no ha sido un robo, he recordado la “Cédula Papal de Excomunión” contra los ladrones de libros y similares, cuyo original se custodia en la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca (ver foto de esta entrada), y también las maldiciones de las que nos habla Irene Vallejo en su magnífico libro, de bello y certero título, “El infinito en un junco”, maldiciones que lanzaron en las antiguas bibliotecas del Próximo Oriente contra los ladrones y destructores de textos, mucho siglos antes de la invención de la imprenta. Una de ellas decía así:

“A aquel que se apropie la tablilla mediante robo o se la lleve por la fuerza o haga que su esclavo la robe, que Shamash le arranque los ojos, que Nabu y Nisaba lo vuelvan sordo, que Nabu disuelva su vida como el agua”.

Como las amenazas de la Cédula Papal me parecen un tanto tibias, será esta inscripción, sustituyendo “tablilla” por “libro”, la que presida la entrada a mi casa cuando acabe el confinamiento. Espero que los nombres de los dioses y diosa mesopotámicos, y la advertencia de tan destructivas acciones, tengan un efecto intimidante y acojonen a todo aquel que venga a mi casa con la intención de apropiarse de alguno de mis libros.

 

Días de confinamiento IV: 50 días d.C.

Coronavirus

50 días d.C.

Durante estas semanas de confinamiento he oído las voces y he visto las caras de mis hijos y nietos más veces que en todo el año pasado, pero no me gustan las videoconferencias. Parecemos peces pegados al cristal de una pecera, boqueando. Además, por el desgaste que supone estar en cuarentena, cada día nos parecemos más a los retratos de los delincuentes que cuelgan en las comisarías, solo nos falta ponernos de perfil. El peor retrato, el mío. Se me descuelgan los párpados, se columpian las ojeras, los pómulos desescalan. No puedo engañar a la cámara: lo que veo es lo que es, lo que soy. Pero no me rindo: hay que defender la Alegría.

Harto de comer solo, he recuperado mi antigua afición a hacer teatro desdoblándome en distintas personalidades. Uno de mis yoes es el comensal; otro, el camarero que me sirve la comida. Hoy, como cada día, he entrado en la cocina-restaurante y he preguntado qué hay de comer. Me respondo que macarrones o arroz a la cubana. Me decido por el arroz a la cubana y a la media hora vengo con el arroz y los huevos fritos, todo frío, y kétchup en lugar de tomate. Me quejo y pido que venga el maitre. Viene el maitre, que también soy yo. Me pido disculpas —al chef (yo) se le va el santo al cielo— y rehúso darme la cuenta. Para compensarme me regalo una tableta de chocolate, guiñándome un ojo porque el médico me lo tiene prohibido. Cuando voy a pedir el postre, llaman a la puerta.

Es el vecino. Me trae torrijas en un plato. Viste con un chándal-pijama, babuchas moriscas, mascarilla y guantes. Me entra la risa, y para que no se ofenda le digo que estaba acordándome de un chiste. Pero luego, como soy un bocazas, le pregunto si no cree que las torrijas también deberían llevar mascarillas, o turbante. Se da media vuelta dejándome a solas con las torrijas desenmascaradas. Es un buen tipo —es él quien me hace la compra—, se le pasará el enfado.

Las torrijas están buenísimas, pero descubro que una mosca se ha colado en casa y merodea en torno al almíbar. A mí, antes del coronavirus (a.C.), la llegada de una mosca era solo un leve incordio que espantaba con la mano. Pero ahora, esa presencia negra y aleteante me supone un reto intelectual: ¿Será portadora del virus? ¿Tengo que protegerme de ella? ¿Qué hace una mosca sola en mi casa? ¿Es una mosca antisocial o viene en avanzadilla para inspeccionar el terreno? Y entonces ella, para ilustrar el dicho de “tener la mosca detrás de la oreja”, se me pone a zumbar alrededor del sonotone, como para dar respuesta a mis preguntas. Una pena no conocer su idioma. Aun así, me deja intranquilo. Algo va a pasar.

Y lo que pasa es que vuelven a llamar a la puerta. Son unos tipos con ojos alucinados y sonrisa bobalicona que no sé a qué coño viene. Les pregunto qué hacen sin mascarillas. Me dicen que, como está próximo el fin del mundo, lo de las mascarillas es inútil y que, como soy persona de alto riesgo por mi edad, vienen para ayudarme a reflexionar acerca del verdadero sentido de la vida y de la muerte. Les digo que esa cantinela del fin del mundo ya se la he oído muchas veces a otros tipos como ellos, clones suyos, y que a la vista de los hechos está claro que nunca aciertan. Y que prefiero morir antes que oír uno de sus sermones. Les doy dos de las torrijas que me ha traído el vecino. “Donde esté una torrija que se quite el Más Allá”, les digo antes de cerrar la puerta. Me froto las manos, divertido, pues seguro que les he creado un conflicto de conciencia y bajarán en el ascensor con la duda en forma de torrija.

A los pocos segundos ya no sé si lo que acabo de contar fue real o una alucinación. Voy a la cocina y compruebo que solo faltan las torrijas que yo me he comido. Luego ha sido una alucinación. Últimamente confundo la realidad con la ficción. No me preocupa. Así debe de estar todo el mundo, preguntándose si lo que están viviendo no es un sueño del que esperan despertar.

Lo de las ocho de la tarde parece real. Me sumo a los merecidos aplausos a los sanitarios desde los balcones y ventanas. Suenan al unísono el “Himno de España” y “Resistiré”. Algunos despistados hacen sonar cacerolas, no sé si se han adelantado o retrasado, pues en las agendas hay caceroladas de protesta a las siete y a las nueve, de momento. En algún balcón ya ha empezado a oírse Dale a tu cuerpo alegría Macarena, ayyyy…, y supongo que muy pronto sonará “El rock de la cárcel”, ¿o era del manicomio? Somos muy divertidos. La fauna humana. Cuando abran las jaulas del zoo, saldremos en estampida. El que pueda, porque yo, con mi artrosis y mi bastón, estoy para pocas estampidas.

A propósito de los aplausos, ahora que me he vuelto más reflexivo, me da por imaginar que esta costumbre de aplaudir a las ocho de la tarde se mantiene en el tiempo, pero olvidado ya el motivo que la originó, y que las generaciones futuras dirán: “No sé de dónde viene esto de aplaudir a las ocho, pero forma parte de nuestra tradición”, ese falaz argumento para defender lo indefendible (“¿Que por qué tiramos una cabra desde el campanario? Pues porque es nuestra tradición, y las tradiciones hay que mantenerlas. ¡Vaya pregunta!, no te jode el progre”. Sea como sea, no estaría mal aplaudir a las ocho de la tarde, eternamente. Mucho mejor eso que arrojar cabras desde el balcón.

Os cuento todo esto porque a la familia no podría contárselo. Me tomarían por loco. Ahora tengo que dejaros. Me esperan en la pecera. Es la hora.