Vibraciones

En su libro “El mundo de ayer”, Stefan Zweig habla así de Rainer Maria Rilke: “Aquel pasar inadvertido era el secreto más íntimo de su ser. Miles de personas pueden haber pasado al lado del  joven de bigote rubio, un poco melancólicamente caído, y de fisonomía no destacable por ningún rasgo especial, algo eslava, sin imaginarse que era un poeta y uno de los más grandes de nuestro siglo; su rasgo más singular no se traslucía hasta que se entraba en un trato más íntimo con él: su carácter reservado. Su forma de andar y de hablar era indescriptiblemente silenciosa. Cuando entraba en una habitación donde había gente reunida, lo hacía con tanto sigilo que casi nadie se daba cuenta. Luego permanecía sentado, escuchando en silencio, levantando maquinalmente la frente en cuanto parecía interesarle algo y, cuando se ponía a hablar, lo hacía siempre sin afectación y sin subrayar las palabras. Contaba las cosas con naturalidad y sencillez, como cuenta un cuento una madre a su hijo, y con el mismo cariño; era una delicia escucharlo, oír cómo el tema más intrascendente en su boca cobraba plasticidad y significación. Pero en cuanto notaba que se había convertido en el centro de atención de un grupo mayor, se interrumpía y se retiraba de nuevo a su papel de oyente atento y silencioso (…) Ese carácter a la vez mortecino y retraído cautivaba a todos los que lo conocían íntimamente. Tan imposible era imaginarse a Rilke arrebatado como que otra persona, en su presencia, no perdiera su tono chillón y arrogante a causa de las vibraciones que emanaban del silencio del poeta(…) Tras una larga conversación con él, uno era incapaz de cualquier vulgaridad durante horas e incluso días”.

Al releer este texto de Zweig, he tenido una alucinación: Ranier Maria Rilke entraba en nuestro Congreso de los Diputados, pero no con ametralladora y a gritos de “¡Se sienten, coño”, lo cual sería impropio de él, sino con ese andar sigiloso suyo, en silencio, y después de escuchar atentamente el guirigay que reinaba en el ambiente, emanaban de su ser unas vibraciones que, extendiéndose por todo el hemiciclo, rozaban la piel de los parlamentarios, y al punto los susodichos abandonaban el tono chillón, arrogante y vulgar para, en concordia, trabajar en lo que verdaderamente importa.

Lo dicho: una alucinación.