Verde que te quiero verde

Se llamaba Artemisa y me decía que yo le gustaba mucho porque sabía escuchar, y que lo que más necesitaba una mujer sensible como ella era que la escucharan. Pero pasado el tiempo cambió de opinión. “Eres una oreja sin sentimientos”, fue su sentencia final. Así, como suena. Todo empezó a torcerse cuando conoció a aquella gente que dedicaba los fines de semana a abrazar árboles en los parques o en la sierra de Madrid.

—¿Abrazar a los árboles? ¿Por qué esta nueva ocurrencia? —pregunté cuando me propuso que nos uniéramos al grupo.

—¿Nueva ocurrencia, dices? No me gusta tu tonito — se quejó Artemisa—. Que sepas que está demostrado científicamente que al abrazar a los árboles nos beneficiamos del impacto que sus vibraciones producen en nuestro organismo. Nuestra salud mental y física mejora, además de favorecer la creatividad. Y entramos en comunión con la Naturaleza toda, con la madre Tierra, donde el árbol hunde sus raíces.

Lo dijo sin titubear, como si estuviera leyendo un artículo de Wikipedia.

—Qué pena no haberlo sabido antes. Qué pena mis padres —me lamenté.

—¿Qué tienen que ver tus padres en todo esto? ¿De qué pena hablas?

—Cuando llegaba el buen tiempo, mis padres nos llevaban a los tres hermanos al campo. Y allí nos soltaban con la única consigna de que tuviéramos precaución, una precaución indeterminada, imprecisa, supongo que para cumplir con el papel de padres responsables, y que regresáramos a la hora fijada —eso era innegociable— para comer tortilla de patatas, filete empanado y ensaladilla rusa, también innegociables. Como ves, todo muy pragmático, nunca nos hablaron de abrazar a los árboles. Y por eso digo que es una pena. De habernos informado de estas propiedades vibratorias de los árboles, en lugar de escalarlos los habríamos abrazado, y ahora seríamos mejores personas, en comunión con el Cosmos.

—Eres un gilipollas. Te burlas de lo que no entiendes. Seguro que si abrazarás a los árboles no serías el capullo neurótico que eres. Siempre analizándolo todo desde tu caparazón, incapaz de dejarte llevar, de fluir.

Cuando Artemisa empezaba a hablar de flujos, no había nada que hacer. Estaba realmente enfadada y preferí no decir nada más. Luego fluyó hasta la puerta y se marchó de mi casa. Por la tarde la llamé para pedirle perdón. El próximo fin de semana iría con ella a la sierra para abrazar árboles. Sí, sí, estaba seguro, no lo hacía por obligación, simplemente me dejaba fluir, aunque esto último no se lo dije para que no me colgara el teléfono.

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Artemisa estaba en lo cierto, soy un neurótico que todo lo somete al escrutinio de la razón, una razón paralizante, enrevesada, tiquismiquis, así que mientras el resto del grupo ya se había abrazado a los árboles, yo me aproximaba a mi pino como si fuera pisando mierda, con un gran sentido del ridículo. No lo podía evitar. Por fin me agarré a él como una garrapata se agarra a la piel que la alimenta, para no volverme atrás. Y resultó que su circunferencia superaba en unos centímetros la que formaban mis brazos. Tuve que hacer un gran esfuerzo para abarcarlo en su totalidad y que los dedos de mis manos se encontraran.

—¡Joder!, tengo una contractura en la espalda, por el puto abrazo —protesté cuando Artemisa me vio retorciéndome de dolor.

—No hables así delante de los árboles, alteras sus vibraciones. Y esto te pasa por imbécil. No es una competición de a ver quién da el abrazo más grande o tiene el pino más gordo. Los tíos siempre igual. No tenéis remedio.

No quise entrar al trapo y le dije que me esforzaría en entender su filosofía, que comprendiera que dada mi rigidez mental no me era fácil intimar con los árboles, tan altos, tan recios, tan longevos, tan en silencio. En fin, que tuviera un poco de paciencia conmigo.

A Artemisa pareció agradarle mi actitud, aunque desde aquel día las cosas no volvieron a ser como antes. Se fue distanciando. Su cuerpo estaba a mi lado, pero ella…, vete tú a saber dónde. La imaginaba abrazando árboles a diestro y siniestro, cada vez más y más lejana.

“Tenemos que hablar”, me dijo un día. “Malo”, pensé. Y hablamos:

—Te dejo. Eres tóxico para mí —me explicó, y luego añadió aquello de que yo era un oreja sin sentimientos. Desde que hay preocupación por el medio ambiente, las personas hemos dejado de ser malas influencias para ser tóxicas. Por lo visto yo era CO2 para el alma pura de Artemisa.

—No me digas que me dejas por un árbol —le dije, haciendo uso del sarcasmo para ocultar mi dolor. Pero me salió el tiro por la culata.

—Efectivamente, te dejo por un árbol.

—¿Y quién es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? —quise saber, absurdamente celoso.

—Es un olmo del Retiro, vive muy cerca del Palacio de Cristal ­—me dijo Artemisa, con un punto de soberbia, aunque al instante vi que se arrepentía de haber hablado. Quizá temía represalias por mi parte.

—¿Y se puede saber qué te da ese olmo que yo no pueda darte?

Artemisa hizo un gesto que bien podría significar “la lista sería interminable pero confórmate con la versión abreviada”

—A su lado me siento en armonía con el mundo, protegida, el olmo me comprende y me acepta, no me juzga. Puedo ser realmente yo, sin artificios.

Temí que Artemisa estuviera en pleno brote psicótico, que lo suyo fueran alucinaciones.

—Pero… ¿te habla? —dije sin un ápice de ironía, mi preocupación era sincera.

—Me habla a su manera. No hacen falta palabras cuando hay verdadera comunicación. Las palabras son etiquetas que ponemos a la realidad para creer que entendemos algo. Todo eso es ficción. Mi olmo y yo nos comunicamos a un nivel profundo, al que tú jamás podrás llegar. Adiós. 

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Disfrazado de corredor dominguero en sábado corría yo por las inmediaciones del Palacio de Cristal. Pantalones cortos rojos sobre unas mallas negras, camiseta de tirantas verde, cinta amarilla en la cabeza, mochila a la espalda y cara de llevar horas corriendo una maratón. En la mochila, además de una botella de agua y un bocata de chorizo, escondía un cuchillo de treinta centímetros de hoja. A excepción de la mochila todo era nuevo, hasta las zapatillas naranjas, comprado el día anterior en Decathlon, pues yo nunca había corrido, ni siquiera para coger el autobús cuando se me escapaba (“Anda y que te den, cabrón”, culpaba siempre al conductor)

Mientras me desprendía de la etiqueta del pantalón, que se me había olvidado arrancar, me dije para mí: “Vestido de esta guisa, espero a Artemisa”, infame pareado con el que intentaba restarle trascendencia al momento que iba a vivir y así tranquilizarme. Como conocía sus rutinas, y en los días previos me había informado de la ubicación de los olmos, sabía aproximadamente cuándo y por dónde podría aparecer.

A las tres horas, cuando ya estaba a punto de rendirme, con el cuerpo dolorido de tanto trote, apareció Artemisa por uno de los senderos. No caminaba. No corría. Venía dando saltitos, como si dentro de su cabeza sonara algo parecido a “Pachín, pachín, pachín, mucho cuidado con lo que hacéís. Pachín, pachín, pachín, a garbancito no piséis”. Parecía muy feliz, y tuve que aceptar que las vibraciones que Olmo le transmitía eran de mejor calidad que las mías.

Mi primera intención fue esconderme detrás de un árbol para espiar sus movimientos, pero ¿y si por solidaridad gremial el árbol se chivaba a su colega Olmo de mi presencia, y este, a su vez, se lo chivaba vibratoriamente a Artemisa? Mejor esconderme detrás de un arbustillo que harto de la arrogancia de los árboles, tan clasistas, seguro que se ponía de mi parte. Y eso es lo que hice. Hasta que Artemisa me sobrepasó y me puse a seguirla. También ella llevaba una mochila a la espalda, con el dibujo de una margarita personificada que guiñaba un ojo y sacaba la lengua. De no conocer a Artemisa, habría pensado que sabía que la seguía y que se estaba burlando de mí. Aquella tarde llevaba el pelo recogido, y al ver su coleta balancearse al ritmo del pachín pachín, sentí una profunda desazón, como suponía que deben sentirse aquellos corredores de fondo que saben que por mucho que se esfuercen nunca llegarán de los primeros a la meta.

No tardó mucho en detenerse frente a uno de los olmos que yo tenía localizados. ¿Por qué ese olmo y no otro?, me hubiera gustado preguntarle. “El amor no tiene explicación”, creo que habría sido su respuesta. A distancia, con los brazos abiertos, Artemisa parecía solicitar el abrazo de Olmo, y yo, para trivializar la escena la infantilicé en mi imaginación y convertí a Olmo en un dibujo animado con sonrosados mofletes y exuberantes labios, pero para mi desgracia aquello duró unos segundos, se impuso la imagen imponente de un Olmo grave, adulto, viril, y los celos me golpearon cuando Artemisa lo abrazó y lo besó, un beso largo que se me clavó en el corazón.

El resto del tiempo que Artemisa estuvo allí, lo pasó tumbada en la hierba contemplando la frondosa copa de Olmo, o bien apoyada en su tronco, o paseando alrededor de él. A veces se acercaba y lo acariciaba, o volvía a abrazarlo. Y aunque su comunicación fuera tan profunda que no necesitara de las palabras, vi cómo le hablaba y le leía de un libro que había sacado de la mochila. Cuando ya empezaba a anochecer, antes de irse, ejecutó una extraña danza en la que tan pronto elevaba los brazos al cielo como los bajaba hasta rozar con las manos el suelo, sin perder de vista a Olmo. Luego se despidió de él con un largo abrazo, pero esta vez no lo beso, sino que puso su mejilla sobre la corteza y así estuvo un buen rato.

Cuando la vi alejarse y su figura era un punto que se perdía en la penumbra, fui al encuentro de Olmo. La luz de las farolas solo alcanzaba a iluminar débilmente el espacio en el que nos hallábamos. Aun así me puse de espaldas al camino por donde pasaba la gente, ya escasa, para que no me vieran sacar el cuchillo. Con la punta rocé la corteza, pero ahora que estaba allí no sabía qué hacer. Tendría que improvisar. ¿Y si grababa mi nombre dentro de un corazón roto? Artemisa sabría que lo había localizado y que en cualquier momento podría hacerle daño. O podría, sin más preámbulos, privarle de parte de la corteza y dejarlo con esa lisura de imberbe, como pata de caniche recién trasquilado. O mejor hundirle el cuchillo una y otra vez hasta que le brotara su sangre blanquecina y se le quitaran las ganas de enviar vibraciones a quien no debía.

En todo eso pensaba cuando cometí el error de poner mi mano libre sobre su piel, gran error porque al instante un torrente de imágenes se fue proyectando en mi cabeza a gran velocidad. Vi a Olmo siendo apenas un frágil retoño y cómo luego iba creciendo, transformándose, ganando en robustez mientras el paisaje y las gentes iban cambiando al ritmo que imponía la rueda del tiempo, otras costumbres, otras modas, otros cielos, incluso oí la voz de Machado —¡malditas lecturas!— cantándole a aquel otro olmo, a orillas del Duero, antes que te derribe con su hacha el leñador… antes que rojo en el hogar, mañana, ardas en alguna mísera caseta… antes que te descuaje un torbellino y tronche el soplo de las sierras blancas… Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera, y así hasta llegar al presente, Olmo y yo frente a frente; yo ridículo, él majestuoso; yo ignorante charlatán, él sabio en su elocuente silencio.

Me mantuve de espaldas al sendero, ahora para que no me vieran llorar, y resignado guardé el cuchillo en la mochila. Me despedí de Olmo dándole un abrazo. “Mucha suerte, tronco”, le deseé sinceramente mientras me secaba las lágrimas.