Enzo en la orilla

Enzo es puro movimiento, como todos los niños pequeños, especialmente antes de que empiecen a hablar. Explorador sin interrupción, todo lo quiere observar, tocar, oler, patear, saborear, morder… El mundo está ahí para desentrañarlo, y para qué él muestre los progresos de sus habilidades en los toboganes, en los bordillos, en las escaleras, en las sillas, subiendo y bajando, probando nuevas formas de actuar, innovando, arriesgando, rechazando manos protectoras. Se diría que a esa edad el niño no piensa, o piensa actuando. Aunque su hermana Leyre, de tres años, tiene otra opinión. Está ella jugando a los trenes, es la máquina y necesita a su hermano para que haga de vagón. “Enzo, ven y agárrame”, le dice llevándose las manos a la espalda. Y como Enzo parece no escucharla, aunque insiste en llamarlo, acude a mí para quejarse: “Enzo no me hace caso, está pensativo. Le digo ven, Enzo, y nada, está pensativo”. Quizá Leyre tenga razón. Incluso puede que Enzo haya descubierto una nueva forma de pensar: haciéndose puente, un puente entre él y el mundo. ¡Y a remojo!