Panza de burro

Mi madre era de Tenerife, de La Matanza de Acentejo (de La Matansa, pronunciaba Ella, claro). Mi madre era una mujer casi analfabeta porque de niña apenas fue a la escuela. Se quedó huérfana de madre y el lugar de la madre ausente lo ocupó una madrastra mala de cuento que la puso a barrer y a cocinar privándola de tantas cosas. Supongo que su padre, mi abuelo, al que no llegué a conocer, debía de ser un príncipe ensimismado en sus tareas de príncipe y no reparó en las carencias de aquella niña. Mi madre nunca se quejó, o se quejó muy poco, entrenada en la resignación de las mujeres de aquel tiempo.

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TIC TAC

No es de oro, ni de plata. Era el reloj de mi padre. Tiene números romanos y agujas labradas, y la esfera es blanca con irisaciones. Me gustaba el gesto orgulloso con que él se lo sacaba del bolsillo del chaleco o del pantalón, y cómo luego quitaba la tapa con un golpecito del pulgar y lo miraba satisfecho alzando la ceja izquierda, sobre todo cuando comprobaba que su hora coincidía con la que daban en Radio Nacional. “Clavao”, decía entonces, y, sosteniéndolo por la cadena, lo dejaba balanceando delante de mis ojos como si fuera un péndulo para hipnotizarme. Me dejaba darle cuerda, y yo me lo acercaba al oído para oír su latido. Mi padre siempre lo llevaba consigo, incluso cuando bajaba a la mina. Prometió regalármelo cuando cumpliera los dieciocho. Pero seré yo quien se lo regale a mi hijo, aunque antes habrá que cambiarle el cristal, restaurar la caja llena de arañazos y recomponer el mecanismo, porque lleva años parado en la fatídica hora de las doce y veinte, y ya es tiempo de que vuelva a latir.