En el psicoanalista

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Decido ir al psicoanalista porque una bola de angustia existencial está creciendo dentro de mi pecho. Y ya en la primera sesión me dice que lo mío es un complejo de Edipo mal resuelto, y que para superarlo tengo que dejarme de fantasías y acostarme con mi madre y matar a mi padre. Le digo que no tengo fantasías incestuosas y que, además, mis padres murieron hace ya tiempo. “Ummm”, dice él. “Ummm”, repite. “Es peor de lo que pensaba”, añade y me entrega una tarjeta con la dirección de LA NEURONA FELIZ, un centro especializado en cirugía cerebral: “Para que le borren la representación mental de sus padres”.

En el centro de cirugía me muestran un mapa del cerebro que me recuerda a los carteles que cuelgan de algunas carnicerías para que sepas dónde está la falda y dónde el codillo del cerdo. Sobre el mapa me señalan un punto del sistema límbico, del tamaño de una lenteja. “Sin lenteja, adiós Edipo”, me explican.

Fuera de la clínica y ya sin lenteja parental, la angustia existencial remite para dar paso a una terrible sensación de orfandad.

Se lo digo a mi psicoanalista: “Me siento huérfano”. “Ummm”, dice. “Ummm”, repite. “Búsquese unos padres adoptivos”, me sugiere. “No creo que nadie quiera adoptar a un niño de sesenta años”, le digo. Mi psicoanalista se muerde los puños y luego hace el gesto de ponerse unas gafas imaginarias repetidas veces. “Ummgrrrjjjj”, dice. “Ummgrrrjjjj”, repite, se retuerce en su sillón, mira el reloj en la pared y grita: “Es la hora”.

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