Mirarse el ombligo

ombligo

En una entrada anterior incluí el microrrelato AMULETO,  que habla de cordones umbilicales y de su supuesto poder de protección frente al mal de ojo. Días después encontré una noticia en la que el ombligo es protagonista, si no principal, sí necesario para la trama que allí se nos cuenta.

Me inquietan este tipo de casualidades en las que parece que hubiera detrás un guionista que con hilos invisibles va uniendo los sucesos aparentemente aleatorios de nuestra vida. Pero no es de las casualidades de lo que quiero hablar. Hoy no, quizá en otra ocasión.

Hoy te pido que imagines a alguien que, después de mirarse el ombligo (en sentido literal, no figurado), se pregunta qué hacer con la pelusilla que acumula en ese orificio, y que después de unos segundos de estudiar las posibilidades decide que lo mejor es coleccionarla para, pasados los años, poder incluir su nombre en el Libro Guinness de los Récords como el más grande acumulador de pelusas de ombligo del mundo.

Pues bien, esto tan extraño que acabas de imaginar ha sucedido en la realidad, y es lo que se cuenta en la noticia.

Cuando al australiano Graham Barker (así se llama el pelusón) le preguntan por qué colecciona pelusas de ombligo, él responde: “¿Y  por qué no”?, y luego añade: “”Me di cuenta de que en mi ombligo siempre había pelusa y me pareció muy curioso saber cuánta cantidad puede llegar a producir una persona. Llegué a la conclusión de que la única forma de saberlo era coleccionarla y analizarla”.

Curiosa la curiosidad (valga la redundancia; incluso estoy pensando en coleccionarlas, las redundancias, digo, y presentarme al record de los Guinness) de este hombre. Y aún más curiosa su conclusión de guardar las pelusas. Me deja perplejo, y no es la primera vez que me pasa con muchos de los récords Guinness. Hay quien lleva años y años sin cortarse las uñas, y parecen largos rizomas que les salen de los dedos, o extraños sacacorchos, y no puedo dejar de pensar en cómo se desenvuelve en su vida diaria, en cómo trabaja, come, ama…; y si las personas con quienes se cruza pueden abstraerse siquiera por unos segundos de mirar esas raras extensiones. Otro individuo ha batido el récord de permanecer de pie durante setenta y seis horas sobre una sola pierna, balanceando la otra. En fin…

Algunos dirán que son estas variopintas y extravagantes conductas, por más estúpidas y sinsentido que nos parezcan, las que mejor ilustran el amplio grado de libertad con que actúa el hombre, no sometido a esos patrones rígidos grabados en los genes de los animales; y que el encomiable denominador común de todos estos récords es el afán de SUPERACIÓN, por muy absurdo que nos pueda parecer el objeto de dicha superación (“Y tú ¿cómo piensas superarte?”. “Pos na, voy a ver cuánto aguanto de pie sobre una sola pierna”).

No seré yo quien les lleve la contraria, no me vayan a acusar de intolerante por considerar que algunas motivaciones son más respetables que otras. Y quizá Graham sea un hombre generoso y comprometido con sus semejantes, pero a mí, esta conducta de acumular pelusas del ombligo, además de darme mucha grima, me parece una buena metáfora de lo que nos puede pasar cuando no dejamos de mirarnos a nosotros  mismos, ajenos a todo cuanto pasa a nuestro alrededor: que corremos el riesgo de acumular pelusas mentales.

Y como las pelusas acumuladas por Graham, según dice la noticia, van adquiriendo distintas tonalidades con el paso del tiempo, supongo que si las dispusiéramos en capas, podríamos establecer una cronología de la producción de pelusas, igual que se pueden datar los distintos yacimientos encontrados bajo tierra. Y esta imagen me lleva a pensar en las interpretaciones que harían los arqueólogos si, entre los restos de una civilización desaparecida, encontraran unos botes con la etiqueta: “Pelusas de mi ombligo”.

Me gustaría ver sus caras.

Puedes leer la noticia AQUÍ

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