Depende

Odio los tests psicológicos que nos pasan en el colegio. Los de inteligencia, porque me parece muy simple y poco inteligente reducir la inteligencia a un número. Aunque supongo que mi desprecio se debe en parte a los pobres resultados que siempre obtengo, muy por debajo de la media, unos percentiles de mierda, al borde de la debilidad mental. Pero son los tests de personalidad los que realmente detesto, especialmente aquellos que ofrecen opciones de respuesta muy cerradas, porque me supone un gran esfuerzo decidirme, ya que no hay una respuesta que para mí sea absoluta. “Depende” es lo que quisiera contestar a la mayoría de ellas. Y aunque algunas de las respuestas que ofrecen los cuestionarios se parecen a ese “depende”, el psicólogo nos dice que no abusemos de ellas, porque entonces nuestro perfil saldrá pobremente definido, como una foto anodina, sin brillo ni color. Que respondamos según nuestra forma habitual de comportarnos. ¡Y dale! Mi forma habitual de comportarme es la indecisión, el no sé, el depende.

Sea como sea, el caso es que yo siempre salía INTROVERTIDO. Hasta este curso, en que el psicólogo me citó en su despacho porque, esta vez, la introversión venía acompañada de otros rasgos que provocaron en el psicólogo, por muy entrenado que estuviera en el control de sus expresiones, unos gestos de alarma, primero, y de compasión, después.

—Por favor, mírame a los ojos, no rodees mi cara con la mirada. Es importante mirar a los ojos de la persona con quien se está hablando, transmite confianza —me decía él, ya los dos sentados en nuestros respectivos asientos, frente a frente, mientras con los dedos índice y corazón de su mano derecha, formando una uve, apuntaba primero a sus ojos y luego a los míos, como si los conectara a través de una línea imaginaria. Y a mí, más que transmitirme confianza, me recordaba el gesto de uno de esos tipos provocadores y violentos cuando dicen “te veo, me he quedado con tu cara”.

—…

—No es bueno encerrarse en uno mismo. Sin relacionarnos con los demás podemos perder el contacto con la realidad porque no confrontamos nuestros pensamientos con los de la comunidad humana. Nos volvemos egocéntricos, creemos que somos la medida de todas las cosas.

—…

—Y no seas tan exigente contigo mismo. Permítete fallar. De los fallos se aprende. En el laboratorio de la vida, como en el de la ciencia, se avanza con el ensayo y el error. Acaba con ese rígido censor interno que te machaca. ¿Sabes lo que es un censor?

—…

—Está bien, está bien… ya veo que sabes lo que es un censor. Y sé que te he dicho que me mires a los ojos, pero no así, joderrr. Uy, perdón. Quiero decir que no te enfades. Yo tampoco debo enfadarme… O sí, porque si nos enfadamos, pues nos enfadamos. ¿Acaso el enfado no es expresión, como otra cualquiera, de nuestro estado de ánimo? ¿Por qué reprimirlo?

—…

—Y, sobre todo, no anticipes lo que la gente piensa de ti. Son creencias tuyas que, dada tu baja autoestima, adoptan la forma de críticas hirientes, humillantes… Pero nada de eso es real, solo está en tu cabeza.

—…

—Por ejemplo, yo tengo una buena opinión de ti. Sé que eres una persona valiosa y que puedes ofrecer mucho a los demás. Deja que te conozcan, no te escondas, habla, desahógate, di lo que piensas… ¿Qué me dices?

—Digo que te den, plasta, que eres un plasta.

—Muy bien, fenomenal. Veo que me has entendido. Esa es la actitud. Es un buen comienzo. Un primer paso prometedor.

A los pocos días me matricularon en otro colegio. Mis padres habían tenido una entrevista con el director y ambas partes estuvieron de acuerdo —es lo que me dijeron mis padres— en que lo mejor para mí era el cambio. El curso acababa de empezar, no supondría mucho trastorno.

Ya en el nuevo colegio, como si los puñeteros test me persiguieran hasta la clase, nos pasaron una batería (así los llaman, y me parece muy acertado, pues siento que frente a mí se hallan unas amenazantes piezas de artillería). Pero esta vez sería distinto. Estoy sentado al lado de uno de los chicos más inteligentes y extrovertidos del colegio —es lo que dicen todos de él—, y decidí copiar sus respuestas. No las de los tests de inteligencia, porque no quiero crear falsas expectativas y que luego me exijan más de lo que soy capaz de dar. Pero sí las de personalidad. Así que ahora soy oficialmente extrovertido y un montón de buenas cosas más. Tengo seguridad en mí mismo, fuerte resistencia a la frustración, estabilidad emocional, habilidades sociales… Vamos, una maravilla de perfil, un perfil que parece diseñado por un fotógrafo estiloso y no el perfil de fotomatón que acostumbraba a tener. Y lo más asombroso es que todo el mundo me trata de acuerdo con este nuevo perfil. Bueno, no todo el mundo, pero sí muchas personas. Aunque tampoco son muchas, digamos que algunas. En realidad unas pocas. Bueno, no sé, no sabría decir cuántas, depende.

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