CAÍDA LIBRE

Entré en el establo donde me había citado. Una mezcla de olor a gorrino y a incienso saturaba el interior iluminado por decenas de velas alineadas en el suelo. En la penumbra, al fondo, vislumbré una figura grotesca y dejé escapar un grito. Resultó ser una cabra de ojos relucientes y barba de profeta loco, y ya barruntaba un rito satánico cuando en el suelo, en lugar de los signos de invocación al diablo, descubrí un itinerario de prendas femeninas: los zapatos de tacón, la minifalda, unas medias negras, el sujetador…, que me condujeron a otra estancia, al final del establo. Allí, sobre una gran cama, desnuda, con una pose entre la maja de Goya y el doncel de Sigüenza, yacía Afrodita. Y ya estaba desprendiéndome de la ropa cuando dijo:

—No tan rápido, solo si me ayudas seré tuya.

—Entendido. Polvo será, mas polvo interesado. ¿En qué tengo que ayudarte?

—En salvar a la cabra que acabas de ver.

—¿Salvarla? ¿De qué o de quién?

—De los vecinos del pueblo. La tengo escondida porque van a lanzarla desde el campanario. Es una tradición. Si no lo remediamos, la cabra caerá desde una altura de veinte metros sobre una lona tensada que sujeta parte del gentío. Circula la leyenda de que en los orígenes de la tradición pensaron en tirar al párroco porque les gustaba el efecto de murciélago desesperado que dibujaría la sotana al viento, pero el párroco los amenazó con excomulgarlos y con rezar para provocar tremendas lluvias que anegaran sus cosechas, y desistieron de la idea.

—Pero si es para ver cómo tiran a la cabra la razón por la que he venido al pueblo. Y tampoco es para tanto, las cabras están acostumbradas a hacer el saltimbanqui por las rocas. Solo se llevará un susto. No hay derramamiento de sangre.

Afrodita se me quedó mirando como si fuera un apestado, pero luego sonrió con picardía mientras se toqueteaba los pechos.

—¿Cómo podría ayudarte?—dije.

—Ocupando tú el lugar de la cabra. Lo haría yo misma, pero padezco de vértigo. Por los vecinos no te preocupes, me encargaré de convencerlos de que introducir este cambio en la tradición mejorará la rancia imagen que se tiene del pueblo.

—De manera que te compadeces de la cabra pero no de mí.

—No me compadezco de ti porque tú eres un ser racional, irás libremente y no forzado, y sabes lo que te espera abajo, al final de la caída. La cabra, en cambio, vive el instante, siente pánico porque no sabe qué va a ser de ella, podría darle un ataque al corazón. Si te decides, serás un pionero, pasarás a la historia por haber roto esta cruel tradición. Y seguro que en los años venideros todos se disputarán el honor de lanzarse desde el campanario, como se disputan las falleras ser la reina de las Fallas. Otra cosa: tendrás que disfrazarte de cabra —dijo señalando el disfraz que colgaba de un perchero—. Todo acto ritual tiene su simbolismo. Tienes que ser una representación de la cabra

—¿Disfrazado de cabra? Ni hablar, es humillante.

—Está bien, veo que no dejas de poner pegas. Si no quieres, se lo propondré a otro, pero ya sabes que entonces no…

Ya disfrazado de cabra y con las manos atadas a la espalda, dos tipos casi idénticos, cejijuntos y con orejas de soplillo, me subieron a un carro tirado por un buey. Atravesamos la plaza abarrotada de gente que gritaba eufórica, y de pronto me pareció estar dentro de un auto de fe organizado por la Santa Inquisición. También las inmediaciones de la iglesia estaban a rebosar, y vi a Afrodita entre la multitud apuntándome con el pulgar en alto. Les pedí a los cejijuntos que me desataran, pues yo había elegido libremente saltar desde el campanario y no me iba a escapar. Me dijeron que formaba parte del ritual y que yo no iba a saltar, que serían ellos quienes cogiéndome en vilo me arrojarían al vacío. También lo requería el ritual, pues la cabra auténtica, como ya me había argumentado Afrodita, no se tiraba por propia voluntad.

Subimos por las escaleras que conducían al campanario, y ya arriba, sí me desataron. Supuse que no querrían verme caer como un pesado fardo —no tendría gracia— sino haciendo aspavientos, agarrándome inútilmente al aire en la caída. Luego, tomándome cada uno de la pierna y el brazo correspondiente al lado en el que se habían situado, me pusieron en horizontal y me asomaron a la calle. Los aullidos de la muchedumbre arreciaron, y gritaban: ¡Viva la cabra!, ¡Viva la cabra! No sé si era parte del ritual o pura improvisación, pero me alegré de que embutido en el ridículo disfraz no se me viera la cara. Después los cejijuntos empezaron a balancearme como si yo fuera un ariete, a la de una… a la de dos… y… a punto estuve de arrepentirme, de decirles que pararan, que fueran a buscar a la puta cabra, pero entonces me vino la imagen del cuerpo desnudo de Afrodita sobre la cama, su piel bañada por los claroscuros que producía la luz de las velas, preparada para recibirme y… a la de tres, ya no hubo tiempo, empecé a bracear y patear en el aire como un trapecista fracasado, cayendo y cayendo hacía la lona, hacia la multitud que volvía a vitorearme: ¡Viva la cabra! ¡Viva la cabra!

Quizá a ustedes les parezca inverosímil esta historia, pero así es como ocurrió y así es como la cuento. No hagan caso de las fuentes oficiales. Mi ejemplar acción les hizo recapacitar: ahora es una cabra de peluche lo que lanzan desde el campanario. Afrodita y yo nos casamos, tenemos tres hijos varones, y aunque el mayor tiene mucho pelo en el entrecejo y orejas de soplillo, no es un obstáculo para nuestra felicidad, solo levemente empañada por una pesadilla que con frecuencia me despierta en la noche: cuando ya estoy cayendo del campanario, los malditos lugareños retiran la lona.

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