
Cada vez que entra en el metro, el señor K se acuerda de esas películas que muestran mundos distópicos o de terror donde aparecen personajes que actúan guiados por una fuerza superior que ha anulado su voluntad.
Y es que al entrar en el vagón y calcular el elevado porcentaje de pasajeros que van concentrados en la pantalla de sus móviles, como si la vida solo fuera posible a través de las visiones y audios que la pantalla les transmite, como si temieran que su pérdida les fuera a dejar varados en sus asientos, sin saber qué hacer y de qué manera continuar viviendo, el señor K siente que está en uno de esos mundos de película. Pero no es tan iluso como para pensar que él es una excepción; que está a salvo; que él, en todo momento y desde la distancia, ejerce su capacidad crítica para mantenerse al margen, sin contaminarse. Cometería un gran error si se creyera inmune. Incluso los héroes en esas películas, para serlo, tienen que enfrentarse a sus debilidades y a sus miedos, superarlos.
Hoy, el señor K recuerda lo que la leyenda cuenta de Demócrito, el filósofo de Abdera: que se sacó los ojos para aislarse del mundo exterior con la intención de mejorar la riqueza y profundidad de sus meditaciones. “Cortar por lo sano”, llamamos coloquialmente a prácticas como esta. Al señor K le parece una buena imagen, inspiradora, aunque tremenda como la de toda leyenda que se precie, tendente a lo absoluto y no a las medias tintas, porque al arrancarse los ojos Demócrito elimina para siempre la tentación de “abrirlos”. Así que el señor K no va a hacer nada que se parezca a arrancarse los ojos, porque sin tentación, sin posibilidad de elegir, no hay libertad. Solamente apagará su móvil y cerrará los ojos para comprobar si allí, en el mundo que crea su cerebro, sigue existiendo otro tipo de vida más allá de la vida en las pantallas.