Los peces de la memoria

Hay palabras que nacen ya con un prestigio, y aunque siempre se corre el riesgo de usarlas sin ton ni son y desgastarlas, es posible, con esfuerzo, devolverles su brillo, su grandeza. Palabras tales como libertad, amor, amistad, tolerancia… Mas hay otras que nacen anodinas, simples etiquetas que se les pone a las cosas del mundo en el que vivimos para distinguir las unas de las otras, pero que al ligarse a nuestras más emotivas vivencias, su sola evocación hace estallar toda su poesía escondida.  

La historia que voy a contar tiene que ver con una de esas palabras en principio “pequeñas”, que ponen nombre a lo aparentemente trivial. Aunque en realidad es más una anécdota que una historia, una anécdota mínima, nada épica, pero que dado el carácter legendario que adquirió para mi familia, me atrevo a llamarla «historia».

Sucedió durante una cena de Navidad de hace ya muchos años. Sentados a la mesa estábamos mis padres, mis tíos y los niños: mi hermana, mis cuatro primos y yo. Y en un extremo de la mesa, la abuela, justo al lado de mi madre, que la ayudaba con la comida. Hacía tiempo que la abuela vivía retirada en un mundo inaccesible para los demás, aunque de vez en cuando emergía para cambiarnos los nombres y ponernos los de aquellos que vivían en su pasado remoto. Sobre la mesa ya estaban los postres: las frutas, los cafés, los licores para los adultos, los turrones, los polvorones… Todos nos habíamos puesto uno de esos gorritos de fiesta con forma de cucurucho y brillantes colores. El de la abuela era rojo, y a mí me parecía que le daba un aspecto aún más desvalido, supongo que por el contraste entre el brillo del gorro y lo apagado de su rostro, con la gomita apretando su frágil mandíbula.

Fue entonces, justo en el momento en que la tía Pilar dijo “faltan las peladillas”, cuando la abuela abrió los ojos de par en par como uno de esos muñecos autómatas que empiezan a funcionar de golpe, y después, con un lustre repentino en la fina piel que cubría sus pómulos, repitió “peladillas, peladillas” y se puso a cantar el villancico que dice «Pero mira cómo beben los peces en el río, pero mira cómo beben por ver al Dios nacido, beben y beben y vuelven a beber los peces en el río por ver a Dios nacer…» Todo de corrido, sin una sola equivocación ni en la entonación ni en la letra. Fue tronchante, los primos no podíamos dejar de reír. Ramón, el más histriónico de todos, se revolcaba por el suelo. “Otro, abuela, canta otro”, le pedíamos entre carcajadas, y no entendíamos por qué los adultos estaban a punto de echarse a llorar. “Otro, abuela, otro”, pero la abuela no volvió a cantar, se replegó en su mutismo, la mirada de nuevo extraviada y el gorrito ahora en el centro de la frente, como cuerno de unicornio.

De aquella Navidad, es esta escena la que recuerdo con nitidez. Las demás se fundieron con las de todas las otras Navidades en una Navidad única, sin contornos precisos. Y aquella palabra humilde, algo cómica en su fonética, que da nombre a las almendras confitadas, pasó a ser nuestro grito de guerra, y cuando alguno de nosotros se presenta con el semblante mustio o huraño porque se siente derrotado, o triste, o enfadado con la vida, le gritamos para que espabile: ¡PELADILLAS!

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